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Madre de Dios y Madre nuestra

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Es obvio que María es venerada no por su elevada educación, ni por su lugar privilegiado en la sociedad ni por sus riquezas materiales; ha sido venerada y honrada siglo tras siglo porque ha sido portadora de Cristo, primero durante nueve meses en su seno, y luego durante toda la vida en su corazón. La pureza, el amor y la obediencia que ella demostró, y que continúa demostrando, llevan consigo un elocuente mensaje que apela al espíritu de todo hombre y mujer, porque personifica la esencia misma de la santidad que todos anhelamos alcanzar.

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La Sangre de Cristo es el mayor testimonio del amor de Dios por cada uno de nosotros. En ella encontramos perdón, misericordia, sanación y esperanza. Cada gota derramada durante la Pasión nos habla de un amor que no conoce límites, de un Dios que entrega su vida para que tengamos vida en abundancia.
La Fiesta del Divino Niño Jesús del 20 de julio es una ocasión especial para renovar nuestra fe y recordar que Dios nos ama con ternura infinita. Al contemplar a Jesús en su infancia, descubrimos que el camino hacia la santidad comienza con un corazón humilde, sencillo y lleno de confianza.
Esta es una devoción particular a la Virgen María, la Madre de Dios, que se hace presente siempre que uno de sus hijos sufre un profundo dolor, una emergencia, una catástrofe, una tentación, un peligro inminente, una enfermedad grave.