ABRE TU CORAZÓN AL ESPÍRITU DE AMOR

Todos conocemos la historia básica de Pentecostés: Los apóstoles, reunidos en el aposento alto, fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a predicar con valentía sobre Jesús. Pero la historia es mucho más contundente que este breve esquema, por lo que daremos un vistazo más detenido para ver cuál fue la experiencia de los apóstoles ese día. Los reunidos eran hombres que acompañaban a Jesús y escuchaban sus enseñanzas, de manera que podríamos decir que él era el director de su retiro personal.

Sin embargo, a pesar de esto, no fue fácil para los apóstoles poner en práctica lo que Jesús les enseñaba. En el huerto de Getsemaní no rezaron, se pusieron a dormir. Cuando arrestaron a Jesús, no pudieron "poner la otra mejilla" y fallaron una y otra vez hasta el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo vino sobre ellos. Fue ahí que se convirtieron en personas nuevas: valerosas, fervorosas, dispuestas a morir por Cristo. Nosotros tenemos la esperanza de que también seamos transformados por el mismo Espíritu Santo, así que hagamos una pausa para leer y escuchar lo sucedido en Pentecostés, y veamos si podemos experimentar lo mismo que los apóstoles ese memorable día.

Algo sucede cuando escuchamos atentamente el relato de Pentecostés. Es como lo que sucede en la Eucaristía. En el momento de la consagración, la Iglesia relata lo que Jesús hizo en la última noche de su vida terrena: tomó pan, lo partió y se lo dio a sus discípulos. Cuando un sacerdote ordenado relata esta historia en el Sacramento de la Eucaristía, en realidad se produce lo que se describe. Aquello que sucedió en la última noche que Jesús estuvo en la tierra sucede de nuevo: el pan se transforma en el Cuerpo de Cristo. Del mismo modo, cuando escuchamos de nuevo el relato de Pentecostés con el corazón abierto y confiado, la venida del Espíritu Santo puede volver a ocurrir en nuestra vida actual.

Señales del Espíritu. Ahora, cuando Dios está a punto de hacer algo importante en la historia, por lo general da señales insoslayables, pues sabe que fácilmente nos distraemos, así que trata de captar nuestra atención. Eso fue lo que pasó en Pentecostés: Dios preparó a su pueblo dándole señales. Una señal era audible: el ruido como de un viento fuerte. Esta no fue una señal confusa o ambigua, porque el viento era el símbolo del Espíritu Santo. De hecho, en hebreo se usa la misma palabra -ruaj- tanto para "espíritu" como para "viento", y lo mismo sucede con la palabra griega pneuma. Es un viento que "sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va" (Juan 3, 8).

Luego, hubo una señal visible: lenguas de fuego. Esta señal fue igualmente muy elocuente, porque en la Escritura se suele asociar el fuego con el Espíritu Santo, y porque Juan el Bautista anunció que Jesús "bautizaría con el Espíritu Santo y fuego" (Mateo 3, 11).

Así que Dios les dio señales, y ahora ellos quedaron listos para la realidad que indicaban estas señales: "Todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 4). ¡Todo el suceso de Pentecostés queda encapsulado en esta sola frase! Esto no es fácil para nosotros, porque podemos saltarnos sin más una línea como esta y seguir leyendo. Pero en realidad esta simple frase encierra profundidades insondables que apuntan hacia el amor de Dios.

"Sentí que Dios me amaba." Primero, es importante tener en cuenta que el Espíritu Santo es el amor de Dios. Dentro de la Santísima Trinidad, es la llama de amor que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre. El Espíritu Santo, este fuego de amor divino es dulzura, gozo y bendición; es el portador de la vida sobrenatural de la Santísima Trinidad. Así que, decir que los apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo significa que todo su ser quedó impregnado del amor de Dios. La vida misma de la Trinidad descendió y fue infusa en el corazón de ellos.

En efecto, ser llenos del Espíritu Santo no es únicamente una promesa de Jesús; es toda una experiencia potentísima. ¡Imagínate cómo es la vida de la propia Santísima Trinidad -la vida misma de la divinidad- que llena el corazón de una persona! Pentecostés fue el acontecimiento en el cual cada uno de los apóstoles tuvo la experiencia transformadora de ser y sentirse amado plenamente por Dios. Esto fue lo que Dios siempre quiso hacer, pues creó el mundo con la intención de compartir su vida con sus criaturas. Ahora, después de que Jesús murió y destruyó el pecado, el mundo estaba listo para recibir esta vida. De modo que, aquel día de Pentecostés, se hizo realidad el objetivo de toda la creación.

¿Te parece que esto no debe haber sido más que un suceso interno para los apóstoles, algo que tuvo lugar en lo profundo del corazón de cada uno, pero sin que sintieran nada? ¡No! ¡No fue eso lo que sucedió! No fue como un trasplante de corazón con anestesia general, en el que no se siente nada. No, ¡ellos experimentaron algo muy definido y transformador! A partir de ese momento, fueron personas nuevas, llenas de fervor y dinamismo, que comenzaron a predicar a Jesús sin temor alguno. ¡El amor es lo único que puede lograr esto!

Cada vez que una persona tiene una experiencia intensa y personal de Pentecostés, por lo general la describe diciendo: "Sentí que Dios me amaba mucho". He escuchado este testimonio muchas veces. Recuerdo a una señora de 80 años que iba contando su experiencia con tanta pasión que era impresionante: "¡Mira, fíjate! Me siento como una niña. ¡Ahora veo lo que significa ser hija de Dios!" Otra persona me dijo: "Toda mi vida yo había tenido un amargo sentimiento de que nadie me amaba; pero en un momento, ¡este sentimiento desapareció y nunca más me sentí así!"

Esto lo ratifica San Pablo cuando dice: "El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado" (Romanos 5, 5). ¡Esto es lo que hace el Espíritu Santo! Pentecostés es el acontecimiento en que, por la gracia de Dios, te das cuenta de que Dios te ama de un modo muy especial, porque eres su hijo o hija y eres valiosísimo. Te cambia toda la vida, y entras en una especie de paraíso.

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