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¡Jesús Vive! ¡El Señor ha resucitado!

¡Jesús Vive! ¡El Señor ha resucitado!

¡Jesús Vive! ¡El Señor ha resucitado!

Como podemos leer en el capítulo 24 de San Lucas, versos 13-35, el Señor se aparece a los peregrinos de Emaús y se une a conversar con ellos en el camino. Luego de escucharlos, les ilumina explicándoles las Escrituras, haciendo arder sus corazones.

Esos peregrinos hoy somos nosotros. Y el mismo Cristo quiere también hacer con nosotros lo que hizo con los caminantes de Emaús. La Pascua tiene que llegar a todo nuestro ser, al corazón, para que se llene de amor, a la mente que se llena de luz y al cuerpo para que se llene de salud. Como aquel paralítico sanado por Pedro del Libro de los Hechos 3, 7-8.

Este poder de Dios debe también alcanzar las relaciones sociales, que logra vencer los obstáculos, a los resentimientos, al egoísmo y envidia para llevarnos a la verdadera comunión. Dicho de otra manera, la resurrección es una explosión de amor, de luz y de gracia que tiene que llegar a todo el hombre y a todos los hombres.

Alegrándonos de la Pascua meditemos juntos porque: "Este es el día que hizo el Señor! ¡Aleluya! ¡Alegrémonos todos en Él! ¡Aleluya! (Salmo 117).

Creo que todos nos debemos un tiempo exclusivo al ejercicio de lo espiritual, ya que todos conocemos el peso de las responsabilidades cotidianas que no siempre ponen en primer lugar el cuidado del espíritu, de nuestra vida interior.

En la Iglesia poseemos instrumentos litúrgicos y devocionales preciosos para meditar en la Pasión de Nuestro Señor como es el Vía Crucis (Estaciones de la Cruz) o la Coronilla a la Divina Misericordia. Pero deberíamos buscar y descubrir más elementos para conocer y saborear la Resurrección. Ciertamente que contamos ya con los Misterios Gloriosos del Santo Rosario que nos ayudan a la consideración de las realidades que manifiestan los mismos en este sentido.

Espero que estas consideraciones ayuden a quien las lea, al crecimiento de la fe.

"Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe"
(1 Co. 15, 14).

Este hecho central de nuestra fe nos invita a trabajar para que la fuerza de su verdad también sea el cimiento de nuestra vida y el fuego de nuestro corazón. "Entender para creer y creer para entender" nos dice San Anselmo. Disponernos, como la Santísima Virgen a la escucha de la Palabra que habla, y espera nuestro más perfecto "Hágase en mí" como respuesta personal. Asistidos por el Santo Espíritu, asimilar las realidades reveladas que Dios ha ocultado a los sabios, pero revelado a los pequeños.

La Resurrección es la meta y término de la vida de Jesucristo. En esta victoria suya, está nuestra esperanza y nuestra alegría. También aquí está la razón de nuestra misión de construir el Reino, como vocación común recibida del Señor. Descuidar, desatender o incluso negar la resurrección de Cristo, nos volvería vanos y vacíos, como muchos de los pensadores del siglo XX que hicieron consideraciones injustas y duras respecto a la identidad del cristiano y de la Iglesia, porque en ellos estaba completamente ausente la realidad de que ¡Cristo está vivo! También tenemos que decir que muchas veces esas afirmaciones se apoyan en la falta de un testimonio coherente de los que nos llamamos cristianos.

El hecho mismo de la resurrección del Señor nadie lo vio. Fue un acontecimiento portentoso, pero no visto por ojo humano. Sabemos que la Providencia es perfecta y todo acontece para bien de los que aman a Dios. El amor de Dios Hombre está presente tanto en el Crucificado, como en el Resucitado. El amor por su naturaleza no busca imponerse. El verdadero amor espera. Si repasamos todos los Evangelios nos encontraremos siempre al Señor invitando, proponiendo, esperando, tocando a la puerta, pidiendo. Siendo el Señor, con toda la autoridad de Dios podemos leer en Mateo 26, 52-53 lo que le dice a Pedro que intenta defenderlo de la captura: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? Él pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles".

¿Qué nos dice este hecho? Que Cristo nunca ha querido imponerse. Ni en su vida terrena antes de la resurrección, ni tampoco después de ella. El humilde Cristo de la cruz, sigue siendo el Señor humilde de la gloria.

Nuestro Salvador espera el tiempo en el que la semilla de la fe, que crece en cada alma, quiera responder al llamado que le hace Él mismo para entrar en una comunión que se hará plenitud en la visión beatífica. El hombre, cuando se entrega lo hace mediante una respuesta humilde y confiada.
El obrar de Dios invita mediante signos simples y también por medio de personas siempre sencillas, a movernos hacia Él, por medio del camino del arrepentimiento y la conversión.

Los testigos de Jesús.
Hechos 1, 21-22: "Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros, desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de nuestro lado. Uno de ellos deberá ser, junto con nosotros, testigo de su resurrección."

Podemos ver con toda evidencia que San Pedro, junto con todos aquellos que pasaron tiempo con el Señor son los elegidos para dar crédito a la verdad de la resurrección. Son ellos, los que caminaron, los que comieron, viajaron y estuvieron en esa cotidianeidad necesaria para conocer y asimilar la identidad de Jesús de Nazareth, que es el mismo pero que ahora ha resucitado. Todos estos hombres y mujeres pueden certificar esta nueva realidad por que lo conocieron y luego lo reconocieron. Es desde estos testimonios donde nace la semilla por medio de la cual el anuncio del Evangelio ha llegado a todas las naciones.

Esto es exactamente lo que decimos en el Credo cuando afirmamos: "Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica", como muy bien lo expresa Efesios 2, 20: "Edificados sobre el fundamento de los Apóstoles".

Estos testigos son el cimiento para apoyar con toda confianza nuestra certeza en la resurrección. Nos confirman que el mismo Jesús que ellos conocieron antes de la muerte en la Cruz, es el mismo Jesús que ha salido del sepulcro y vive.

Los Padres de la Iglesia junto con San Pablo, nos dicen que fue por una mujer que entró el pecado en el mundo. Efectivamente, la mujer con su capacidad de amor, de atracción, de convicción y comunicación, tiene una fuerza particular para llevar al varón.

Según Génesis 3, donde podemos leer el relato del pecado original se nota toda la potencia de un ángel caído para vencer y convencer a la mujer. Pero, cuando Cristo vence a la muerte y ofrece a todos la Vida Nueva, se manifiesta nuevamente a una mujer haciéndola testigo que ha comenzado un nuevo tiempo de gracia y salvación.

Por ello la Santa Madre Iglesia reconoce María Magdalena como "Apóstol entre los Apóstoles" ¡Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua!

"Tuvo el honor de ser el "el primer testigo" de la resurrección del Señor, la primera en ver la tumba vacía y la primera en escuchar la verdad de su resurrección. Cristo tiene una consideración y una compasión especial por esta mujer, que manifiesta su amor por él, buscándolo en el huerto con angustia y sufrimiento, con "lacrimas humilitatis", como dice San Anselmo. En este sentido, me gustaría señalar el contraste entre las dos mujeres presentes en el jardín del paraíso, y en el jardín de la resurrección. La primera difundió la muerte allí donde había vida; la segunda anunció la Vida desde un sepulcro, un lugar de muerte... Además, en el jardín de la resurrección es donde el Señor dice a María Magdalena: "Noli me tangere". Es una invitación no sólo a María, sino también a toda la Iglesia, a entrar en una experiencia de fe que sobrepasa todo apropiación materialista y comprensión humana del misterio divino. ¡Tiene un alcance eclesial! Es una buena lección para todos los discípulos de Jesús: no buscar seguridades humanas ni títulos mundanos sino la fe en Cristo vivo y resucitado". (Arthur Roche. Arzobispo Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Oficina de Prensa de la Santa Sede 10 de junio de 2016).

¡Qué grandes y misteriosos son los designios de Dios! Aquella que es reconocida como la que estuvo poseída por siete demonios, es ahora la elegida por Cristo para llevar el mensaje de la Pascua: "Ve y di a mis hermanos..." (Juan 20, 17).

Por lo tanto, hermanos, pidamos al Espíritu Santo nos infunda con su Gracia, para que la realidad de la resurrección del Señor sea una verdad fundante de nuestro ser y hacer. Caminar en fe, implica una confianza total. Especialmente en los momentos difíciles, donde no caemos en desaliento ni en desesperación porque el miedo no hallará como tomarse nada de nosotros. ¡Creo Señor! Pero aumenta nuestra fe.

"Sé Tú, Jesús, para nuestras almas,
el gozo perenne de la Pascua,
y dígnate hacernos partícipes de tu triunfo,
a quienes hemos renacido a la gracia"

(De la Liturgia de las Horas)

De las personas que se enteran de las mismas maneras de tener en mis situaciones en mi vida se siente para servirle en cada sencillez, hacernos invisibles para nuestros enemigos y en nuestro entorno en la vida, para reconciliarnos con el creador de nuestra vida para juntos podamos tener un mundo mejor.

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