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La alegría de María

La alegría de María

«La fuerza con la que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. La unidad no se consigue mediante la polémica ni tampoco mediante teorías académicas, sino con la irradiación de la alegría pascual (…) y en ella los cristianos deberían darse a conocer al mundo». (Ratzinger, La Fiesta de la Fe, Ed. Desclée de Brouwer, 1999).

Con la sagrada ocasión de la Solemnidad de la Asunción de María a los cielos en cuerpo y alma, resalta con gran fuerza la luz de la alegría. ¿Y qué es la alegría? Es la posesión del bien amado. Por lo cual allí se encuentra la fuente del gozo. Cuanto más grande es el bien poseído, mayor es el goce. ¿Y Quién es el Sumo Bien? Dios. Por lo tanto, Ella, la que concibió en su Seno Purísimo al Verbo de Dios, es la que ha dicho: "Todas las generaciones, me llamarán FELIZ, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas". Lc. 1, 48.

María proclama las grandezas del Señor porque es llena del Espíritu Santo, porque es poseída inefablemente por Dios, quien acepta esa entrega y disponibilidad de Nuestra Señor para que Él obre Su Plan de Amor.

Con toda razón es invocada como "Causa de nuestra alegría".

La Iglesia nuestra Madre y Maestra, en su liturgia nos invita a penetrar a la luz de la gracia en la persona de María porque sabemos de la realidad, y el impacto que ejerce el Mal en el mundo. Pero la palabra final ante esta dramática presencia, es de Dios, quien nos da como signo divino a la "Mujer vestida de Sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza" (Ap. 12, 1).

La Inmaculada es esa Mujer, llena del Sol de Dios, Jesucristo; victoriosa y por gracia es puesta sobre las vicisitudes del tiempo, porque ya es suya la gloria que le fuera preparada de antemano. Su esclavitud amorosa al plan del Padre la ha hecho fiel y perfecta discípula porque ha sido obediente a la voluntad divina. Su pertenencia íntegra a Dios, fue la derrota del Demonio que acechó su talón y nunca jamás pudo nada. La Asunción es victoria, plenitud, perfección. La obra magnífica del Padre en su Hija predilecta. Ella como Jesús también podría haber dicho satisfactoriamente al final de su vida terrena: "todo está consumado".

Ha quedado registrado en el evangelio esta aclamación jubilosa de la Virgen: "Mi alma canta la grandeza del Señor". Ella no es el centro, es Él. Es Su Gloria, Su Grandeza, Su Poder, Su Misericordia. Maria es verdaderamente libre porque su única atadura es el amor.

Contemplar la Asunción de la Virgen es remedio contra la mediocridad, no quedarnos a mitad de camino de lo que Dios ha pensado para cada uno de nosotros. Ser mediocre es parecido a ser un aborto, porque es no llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Necesitamos la ayuda del Cielo para poder responder con todo el corazón. Por eso contamos con la mediación de Nuestra Madre, como se lo pedimos en cada Ave María: ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Precisamos vivir en perseverancia, llegar a la meta para entrar en la gloria. Porque el evangelio, funciona. María lo ha vivido, y ya ha entrado en el Reino de los Cielos en cuerpo y alma. Y desde allí nos confirma por la enseñanza de la Iglesia, que ese es también nuestro feliz destino.
Nada hay que temer al acercarse a María. Porque es la que más alegre, la más gustosa, la más dichosa que quiere y puede acercarnos a Su Hijo.

Está a la vista la dificultad que marca el tiempo presente. Pero te recuerdo la conocida expresión: "En el mar tormentoso el faro estable y firme que a todos nos invita y recibe, se llama María".


-La alegría de la Iglesia.

Leamos estas palabras de San Bernardo en uno de sus sermones:

"Subiendo hoy a los cielos la Virgen gloriosa, colmó sin duda los gozos de los ciudadanos celestiales con copiosos aumentos, pues ella fue la que, a la voz de su salutación, hizo saltar de gozo a aquel que aún vivía encerrado en las maternas entrañas. Ahora bien, si el alma de un -párvulo aún no nacido se derritió en castos afectos luego que habló María, ¿cuál pensamos sería el gozo de los ejércitos celestiales cuando merecieron oír su voz, ver su rostro y gozar de su dichosa presencia? Mas nosotros, carísimos, ¿qué ocasión tenemos de solemnidad en su asunción, qué causa de alegría, qué materia de gozo?".

Podemos decir que la esperanza corresponde a ese anhelo de felicidad que Dios ha puesto en nuestro corazón mediante la virtud sobrenatural recibida en el bautismo. En cierta manera, poseemos mediante la confianza en las promesas, la alegría anticipada de saber que Dios nos colmará de amor. Esta es la roca fundamental de nuestra identidad cristiana. Ser creyentes, es ser alegres.

El gran acontecimiento de la Encarnación, abre el nuevo testamento. Y la palabra que resuena con particular fuerza de boca del ángel es "ALÉGRATE" Lc. 1, 28. Y María creyó y por ello se alegró. Dios es siempre Buena Noticia. El corazón de esta aventura de vivir la Palabra se trata de la alegría. Porque Dios se ha hecho tan próximo a nosotros que se ha hecho uno de nosotros y nos ha salvado. Es por esto que San Pablo nos exhorta a estar "siempre alegres" Filip. 4, 4-5.

Nuestros hermanos los santos y los mártires experimentan la alegría de compartir la gloria del Cielo, que conquistaron por la fe vivida. Son innumerables los testimonios de quienes instantes antes morir contemplaron la dicha que les esperaba y exclamaron a viva voz: "¡Viva Cristo Rey!"

Allí con todos ellos se encuentra la Santísima Virgen. Nos emociona y agita el alma el pensamiento de saber que nosotros, aún peregrinos y caminantes del tiempo vamos hacia la meta, hacia el banquete de la vida, que aguarda a los justificados por la sangre del Cordero. ¡Nos impulsa la fuerza de la esperanza de también contemplar cara a cara a Dios Uno y Trino, a Nuestra Señora y a toda la corte celestial!

No hay dos "Espíritus Santos" … No hay un Espíritu que obró en María y otro que obre en nosotros. Es el mismo Espíritu de Dios que puede y quiere obrar con poder en nosotros y en nuestras vidas. La misma fortaleza que la hizo fuerte a Ella, puede hacernos fuertes a nosotros. La misma sabiduría que la hizo sabia puede llevarnos a la sabiduría.

Podemos y debemos acudir a nuestra Madre. Ella es ejemplo, estímulo, intercesora, protectora y auxiliadora. Para ordenarnos en el interior, para la santificación permanente, para el aumento de gracia, para la misión y el combate espiritual.

Que la celebración del dogma de la Asunción sea una oportunidad para ti, para mí y para todos los hombres del mundo una ocasión de renovar la fe en la Palabra de Dios y todo el mensaje del evangelio que María vivió en perfecta fidelidad. Este camino nos lleva al Cielo.

Siempre al hablar de María, de alguna manera también estamos hablando de nosotros, de cada uno de nosotros. Porque el mismo amor que ha sido destinado para nuestra Madre quiere hacer su obra plena en nuestras vidas, en nuestras historias. El amor de Dios siempre es personal. Hemos sido creados en serio, no en serie.

Comparada la eternidad en dicha celestial, a los breves y pasajeros momentos de prueba, es un buen "negocio" el elegir la fe. Se nos da tanto y se nos pide tan poco, que merece cualquier pena caminar en la esperanza.




Esta es la oración colecta que reza la Iglesia en el día de la Asunción de María:

Dios Todopoderoso y Eterno,
que has elevado en cuerpo y alma a los cielos
a la Inmaculada Virgen María, Madre de Tu Hijo,
concédenos, Te rogamos,
que aspirando siempre a las realidades divinas
lleguemos a participar con ella
de su misma gloria en el cielo.

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