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El gran auxilio del Cielo

El gran auxilio del Cielo

Permítame que comience estas consideraciones con algunas preguntas: ¿Porqué razón ha decidido entrar en la lectura de este artículo? ¿Qué es lo que lo ha movido a detenerse aquí? Es evidente que se imagina el tipo de contenido que aquí encontrará ya que este es un ejemplar de nuestra revista "Fuente de Misericordia". Pero... ¿Cuál es el propósito que nos mueve a nosotros a sostener esta publicación y a usted estimado lector, a su lectura? Me animo a responder por los dos. Buscamos a Dios, buscamos todo lo bello, verdadero y bueno porque hemos conocido Su Amor y traemos en el alma esa llama que arde y que quiere más y más de Él. Este peregrinar nos llevará eventualmente al encuentro definitivo con Dios en el Cielo. Esta es nuestra fe y nuestra esperanza.

Dicho esto, también debemos saber que la meta de nuestra vida es sobrenatural ya que para entrar al Cielo hay que ser santo. "Nada manchado entrará en ella, ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero" (Ap. 21,27).

Como vemos, la tarea no es fácil. Necesitamos del auxilio de la gracia. Y ella, nos socorre mediante "ayudas" especiales: la Persona del Santo Espíritu, la Palabra de Dios, las virtudes teologales, los dones, los carismas, la oración (suya y la de los demás) y el auxilio de María Santísima, Madre de Dios y Madre Nuestra.

La Santísima Virgen María es la más santa de todas las criaturas, llena de gracia y virtudes, concebida sin pecado original, que es Madre de Dios y Madre Nuestra y está en el Cielo en cuerpo y alma. Decimos que es Madre de Dios porque de Ella nació Jesucristo que es verdadero Dios y verdadero Hombre. Jesucristo el Hijo de María es Persona Divina.

Para quienes tengan dificultades en comprender este punto, el Padre Jorge Loring SJ en su "Enciclopedia Católica para el Siglo XXI" nos da el siguiente ejemplo: - "Ocurre lo mismo que si a uno lo hacen alcalde. Su madre sería la madre del alcalde. Ella no le ha dado la alcaldía, pero por haberle dado el cuerpo; es su madre; y al ser su madre es madre de todo lo que él es: madre del alcalde. Tú también llamas madre a la mujer que te ha dado tu cuerpo, pero no tu alma, que ha sido infundida por Dios. Sin embargo, la llamas madre porque ella te ha dado a luz, aunque ella no te haya dado todo lo que tú eres. Jesucristo es Dios desde el momento de su concepción, por tanto, la persona que nace de María es Dios, y por lo mismo María, es Madre de Dios"-.

Que María es Madre de Dios es dogma de fe definido en el Concilio de Éfeso en el año 431.

María es nuestra Madre del Cielo

Lo es pues es Madre de Jesucristo, que es cabeza del Cuerpo Místico (Ef. 1, 22). La madre de la cabeza también es la madre de todos los miembros del mismo cuerpo. Y nosotros somos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Por eso María es nuestra Madre.

María es Madre física de Jesús y Madre Espiritual de los hombres. Debemos amarla y honrarla de todo corazón. Así daremos gozo y gusto al Señor se alegra de ver a Su Madre honrada y amada.

La Virgen es la mujer más grande que ha existido en el mundo y es la criatura más excelsa que ha salido de la mano de Dios. Por eso la Sagrada Escritura la llama: "Bendita entre todas las mujeres" (Lc. 1,42); "Bienaventurada me llamarán todas las generaciones" (Lc. 1,48).


Misión de María

Dios la creó Inmaculada ??" sin el pecado original ??" para que fuera la nueva Eva y cumpliera íntegramente la Voluntad de Dios. Dios pudo haber hecho que Jesucristo apareciese en el mundo en edad adulta, pero no quiso. Se lo entregó a María. Lo puso en sus manos. Dios ha querido servirse de ella en la encarnación, en la redención y en la salvación de todos los hombres. Es Cristo quien nos lleva al Padre: "Nadie va al Padre sino por Mí" (Jn. 14,6). Cristo es el mediador ante el Padre. (Tim. 2,5). Jesús es el mediador por esencia. San Juan Pablo II en una catequesis de 1° octubre de 1997 enseña que las palabras de San Pablo excluyen toda mediación paralela, no una mediación subordinada, como es la de María. Ella es el camino para llegar a Su Hijo. En Belén lo presentó a pastores y reyes, en Caná es intercesora, el pie de la cruz es colaboradora y en el cenáculo ora por todos.

María nos acerca a Cristo, lo mismo que la luna nos refleja la luz del sol.


Modelo a imitar y Madre a quien amar:

En ella encontramos el auténtico modelo de vida cristiana, a ella acudimos para aprender cómo vivir nuestras virtudes y cómo ser dóciles al Espíritu Santo. Pero no sólo debemos imitar a María, sino que también debemos amarla. Jesús nos dijo en la Cruz: "Ahí tienes a tu Madre" (Jn 19,27). Por eso, una verdadera devoción hacia ella se manifiesta en nuestra prontitud para hacer todo lo que a ella le agrada. Y en el Evangelio encontramos qué es lo que ella espera de nosotros: Jn 2,1-10 (en especial el v.5) "HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA".

Es necesario que nuestra devoción a María tenga estas características:

- Conocerla para poder amarla más.
- Acudir a ella con confianza de hijos, seguros de que nos acompaña como Madre.
- Imitarla en su fe, su esperanza, su humildad y su modo de amar.


Veamos qué nos enseñan los Santos.
He aquí tres de ellos:

La Virgen auxilia a San Alberto

San Alberto Magno (S. XIII), apenas tomado el hábito de Santo Domingo estuvo a punto de abandonar su vocación a causa de su poca capacidad para el estudio de filosofía, pero su devoción a la Santísima Virgen, a quien recurrió piadosamente en demanda de luces, lo salvó.
Una noche, mientras dormía, le pareció ver que mientras él colocaba una escalera en los muros del convento para fugarse, y comenzaba a subir por ella, de pronto aparecieron en lo alto de la muralla cuatro venerables damas entre las cuales una aventajaba a las demás en hermosura y majestad. Le pareció ver que éstas le impedían subir, y en vano intentó hacerlo por tres veces, hasta que por fin una de ellas le preguntó cuál era el motivo que le inducía a tomar aquella resolución. Alberto contestó:

"Me voy porque veo que mis compañeros hacen grandes progresos en la filosofía, mientras que yo me aplico inútilmente". Entonces la dama que le había hecho la pregunta, añadió: "He aquí la Reina del cielo, Asiento de la Sabiduría, dirígete a Ella y conseguirás lo que deseas".

Alberto, dirigiéndose a la Celestial Señora, le suplicó que le diese entendimiento para aprovechar en el estudio de las ciencias. María oyó benignamente su súplica y le aseguró que le concedería lo que deseaba, añadiéndole:

"Pero para que sepas que esta gracia la has obtenido por mi intercesión, llegará un día mientras estés enseñando públicamente, olvidarás de improviso todo cuanto hubieres aprendido".

Aquella visión no había sido solamente un sueño, porque a partir del día siguiente, Alberto hizo tan rápidos progresos en las ciencias, que deslumbró a todos por su talento y sabiduría. Explicaba con admirable claridad las cuestiones más difíciles de Teología y Filosofía, llegando a ser en poco tiempo el más ilustre maestro de estas ciencias y la lumbrera de su siglo.


Santa Teresita del Niño Jesús

La santa vivía agradecida de la tutela de la Virgen para con los suyos:
"Tenemos tantas pruebas de las predilecciones maternales de la Reina de los Cielos para con nuestra familia".

En el monasterio, durante un tiempo fue Maestra de novicias. Las novicias se mostraban sorprendidas y admiradas de ver cómo Teresa de Lisieux les "adivinaba" sus más íntimos pensamientos:

"He aquí mi secreto -les dijo-, jamás les hago advertencias sin antes invocar a la Santísima Virgen pidiéndole que me inspire lo que más debe aprovecharles; algunas veces hasta yo misma me admiro de lo que enseño".

Se sentía protegida y segura de su cuidado materno:

"La Santísima Virgen me muestra que no está disgustada conmigo; nunca deja de protegerme cuando se lo pido. Si me sobreviene una inquietud, un apuro, me vuelvo inmediatamente a ella por siempre, como la madre más cariñosa, ella defiende mis intereses".



"Consejo" de San Bernardo a los hombres y mujeres de todos los tiempos:

"¡Oh!, cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras, fluctuando entre borrascas y tempestades más que andando por tierra, no apartes los ojos del resplandor de esta Estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María. Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la difamación, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado a la memoria de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del Juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no extraviarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; y llegarás felizmente al puerto si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: «Y el nombre de la Virgen era María»".


Algunos párrafos más arriba, cuando usted querido lector, comenzaba su lectura le pregunté acerca del propósito de dedicar parte de su valioso tiempo a leer esta reflexión. Mientras lo escribía le confieso que lo he disfrutado y me ha dado mucho gozo considerar la impresionante misericordia de Dios para con nosotros por contemplar su obra en María Santísima. Nosotros hoy, por la fe, la llamamos "bienaventurada/feliz" y seguimos cumpliendo la profecía de que así sería. Porque el Poderoso ha hecho grandes obras en María.

No me queda más que pedirle que ruegue por mí, así como yo lo haré por usted en cada cuenta del Santo Rosario al decir: "ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Si sostenemos la plegaria y vivimos haciendo lo que Él nos diga... ¡Entonces nos encontraremos finalmente en el Cielo!

¡Ave María y adelante!

Padre Dante Agüero, MIC

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