Consagracin a San Jos: Las maravillas de nuestro padre espiritual


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'Para Dios no hay nada imposible' (Lucas 1, 37)

'Para Dios no hay nada imposible' (Lucas 1, 37)

Por P. Dante Agüero, MIC

"Y la Reina Celestial luego le mandó que subiera a la cumbre del cerrito, en donde él la había visto antes. Le dijo: "Sube, tú el más pequeño de mis hijos, a la cumbre del cerrito y allí, donde tú me viste y donde te di mi mandato; allí verás extendidas flores variadas: córtalas, reúnelas, ponlas todas juntas: luego baja enseguida; tráelas aquí, a mi presencia".

Y luego Juan Diego subió al cerrito y cuando llegó a la cumbre, mucho se maravilló de cuantas flores allí se extendían, tenían abiertas sus corolas, flores las más variadas, bellas y hermosas, como las de Castilla, no siendo aún tiempo de darse. Porque era cuando arreciaba el hielo. Las flores estaban difundiendo un olor suavísimo, eran como perlas preciosas, como llenas de rocío de la noche.

En seguida comenzó a cortarlas, todas las juntó, las puso en el hueco de su tilma. Por cierto que en la cumbre del cerrito no se daban ningunas flores, porque es pedregoso, hay abrojos, plantas con espinas, nopaleras, abundancia de mezquites. Y si acaso algunas hierbas pequeñas se solían dar, entonces era el mes de diciembre, todo lo devora, lo hecha a perder el hielo". (Nican Mopohua 124-133).

¿Podemos imaginar la emoción de Juan Diego ante el espectáculo que se le ofrecía? Toda esta naturaleza, manifestación de la belleza divina. La vida que ha brotado en medio de la inclemencia del invierno y la dureza del suelo. A pesar de la baja probabilidad, hay flores, hay color, hay perfume. Pareciera esta imagen un anticipo de lo que está por suceder, no solamente en la tierra mexicana, sino en toda América; la explosión de la evangelización. Porque como dice San Pablo en la carta a los Efesios: "Y Aquél que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros" (Ef 3, 20).

Tanta emoción ante la maravilla no impidió que el indio enviado pudiera cumplir con su encargo. Así fue que dispuso Juan Diego la tilma de tal manera como era la costumbre, anudada por el cuello extendiendo el hueco de su prenda para recibir el contenido de la preciosa carga que estaba por depositar allí.

Es importante saber que la tilma se usaba como signo de la consagración a la divinidad desde el nacimiento; también se usaba por supuesto en el trabajo, en el sustento, en la protección, en el matrimonio y, finalmente también como mortaja. Resumidamente podemos decir que la tilma era el signo de la misma identidad como lo reflejan algunos códices indígenas.

Reconozcamos entonces la gran importancia que tiene esta particular prenda defectuosa, porosa, gastada por el uso y el trabajo, atravesada por la vida y la cotidianeidad de su dueño sobre la cual está por acontecer el milagro. En palabras de hoy podríamos decir que la tilma es todo un sacramental.

"Y enseguida vino a bajar, vino a traerle a la Niña Celestial las diferentes flores que había ido a cortar, y cuando las vio, con sus venerables manos las tomó: luego las puso de nuevo en el hueco de la tilma de Juan Diego y, le dijo: "Hijo mío, el más pequeño, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo y que por ello realice mi querer, mi voluntad; y tú, tú que eres mi mensajero, en ti absolutamente se deposita la confianza. Y mucho te ordeno con rigor que únicamente a solas, en la presencia del obispo, extiendas tu tilma y le muestres lo que llevas; y le contarás todo puntualmente, le dirás que te mandé que subieras a la cumbre del cerrito a cortar las flores, y cada cosa que viste y admiraste; así tú convencerás en su corazón al que es el gobernante sacerdote, así él dispondrá que se haga, se levante, mi casa sagrada que le he pedido" (Nican Mophua 134-142).

Juan Diego se sabe y se siente embajador del Cielo. Pero no es el único. La Palabra de Dios nos llama "embajadores de Cristo" (2 Co. 5, 20) por el bautismo. Y como hijos de la Virgen, debemos ir a Ella para que haga en nosotros y con nosotros aquello que hizo en San Juan Diego. Dejémosla poner sus manos en nuestras propias flores, que significan las verdades de Dios infundidas por la gracia. Dejemos a nuestra Madre acomodar nuestro interior como si fuera la tilma nuestro indio santo. Ella es quien dispone, armoniza y organiza la verdad de Dios en nuestro ser. ¡Qué gran signo de acercamiento y cariño de la Virgen! Con razón la Iglesia la llama Madre de Misericordia.



No podemos callar

En el salmo 117 declaramos: "¡La diestra del Señor ha hecho maravillas!" Podemos imaginar el júbilo que llena el pecho de Juan Diego de camino a ver al obispo Zumárraga. Acaba de ser testigo del prodigio de las flores, ha conversado con la Madre de Dios y lleva el encargo de hacer un relato de toda esta vivencia. Juan Diego es un apóstol que no puede callar lo que ha visto y oído. Se ha convertido en discípulo y misionero. A partir de ahora irá hacia todos en el mundo anunciando la buena noticia de Dios y de Su Madre Amorosa.

Juan Diego sigue siendo un hombre pequeño de María, un hombre sencillo sin gran instrucción pero habitado por la experiencia transformadora del amor de la "Perfecta Siempre Virgen Santa María, que tengo el honor y la dicha de ser madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediación, el Dueño del Cielo, el Dueño de la tierra".

Nuestro indio santo se parece mucho a los elegidos del evangelio. Nada hay en él que sea relevante a los ojos del mundo. Así Dios lo ha dispuesto para que resalte el mensaje y no el mensajero. Juan Diego ha pasado tiempo a la escucha y ha llegado el momento de contar, de anunciar la experiencia que le ha cambiado la vida y cambiará la vida de millones.

"¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!" (Mt 11, 25).


Devoción y acción

Debe llenarnos el alma, saber que nuestra Madre y Reina se ocupa de nosotros, nos cuida, está atenta a nuestras necesidades y extiende su maternidad espiritual hacia nuestras vidas. En 1531 cuando baja al cerro del Tepeyac nos vuelve a decir mediante el prodigio guadalupano: "Hagan lo que Él les diga". Pero al mismo tiempo debemos considerar muy seriamente que este don exige una respuesta de parte de nosotros. Hacer la voluntad de Dios, ser buenos con nuestros hermanos, cumplir nuestros deberes de estado, vivir las obras de misericordia, pasar tiempo en la oración; son maneras muy concretas de responder al amor de Dios y de la Virgen.

El pecado original ha dejado en nosotros esa inclinación a ponernos en el centro de todo y ocuparnos nada más que de lo que nos interesa. Todo el anuncio de Jesús es una invitación constante al servicio, dándonos Él el ejemplo hasta el colmo de entregarse a la muerte para rescatarnos y pagar el precio del pecado.
¿Qué haremos entonces? A no temer que podemos como San Agustín decirle al Señor: "Dame lo que mandas y manda lo que quieras". Podemos y debemos recurrir a Nuestra Señora como Mediadora para obtener de Dios el don del servicio. Ella, abre el Evangelio, que es buena noticia, con estas palabras que brotan de su corazón servicial: "¡He aquí la servidora del Señor!" Al poco tiempo se dispone a ir a visitar a su prima Isabel porque sabe por revelación angélica que está embaraza y se dirige a servirla. No se le ocurre pensar ni sentirse superior porque Ella está embarazada del Rey del Universo. Cumple en grado excelentísimo las palabras de Jesús: "El que sea el más grande de ustedes, que se haga el servidor de todos, porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado" (Mt. 20, 26).
Toda vocación que viene de Dios, nos lleva al servicio y al bien común.
En un presente como el que nos toca vivir caracterizado por la violencia y la dominación egoísta, los cristianos tenemos la medicina de la generosidad que puede sanar la sociedad si a ejemplo del Señor y Nuestra Madre respondemos con coherencia y fidelidad en el servicio a los hermanos.
Concluyo estas líneas con las palabras finales de la homilía de San Juan Pablo II con ocasión de la canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin:

¡Amado Juan Diego, "el águila que habla"!

Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac,
para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón,
pues Ella es la Madre amorosa y compasiva
que nos guía hasta el verdadero Dios.
Amén.

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