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"La Virgen María nos lleva a pensamientos maravillosos"

"La Virgen María nos lleva a pensamientos maravillosos"

Una niña virgen, inocente y sin pecado; una madre silenciosa y contemplativa a punto de dar a luz; una esposa y madre fiel y devota, incluso "una mujer envuelta en el sol como en un vestido" que es llevada al cielo (Apocalipsis 12, 1). Son todas imágenes que bien pueden hacernos olvidar lo humana que fue María. Al igual que nosotros, disfruto de muchas ocasiones alegres y felices con su familia y también tuvo pesares y situaciones difíciles que afrontar; experimentó el gozo de ver crecer a su hijo y tuvo que atender a las muchas exigencias de una esposa y madre de sus días. Al mismo tiempo, se vio forzada a soportar situaciones en las cuales sintió como si "una espada le atravesara el alma" (Lucas 2, 35).

La Sagrada Escritura no nos ofrece más que unos pocos destellos de luz sobre María, pero hay suficientes episodios que nos ayudan a sacar conclusiones acerca de su vida de oración y de ella como modelo para nuestra propia vida de oración.


Una actitud de alabanza y devoción
El cántico de la Virgen María llamado el Magníficat nos permite apreciar, más que cualquier otro pasaje del Evangelio, cómo era su vida de oración y de ella como modelo para nuestra propia vida de oración (Lucas 1,46-55). Se había enterado de que su prima Isabel, que por mucho tiempo había sido estéril, estaba embarazada y decidió ir a visitarla. Cuando ambas se encontraron, la criatura que Isabel llevaba en el vientre saltó de gozo y ésta declaró que Dios había bendecido a María "más que a todas las mujeres" (Lucas 1,39-45). La Virgen se sintió tan conmovida por todo lo que estaba ocurriendo en torno a ella que de sus labios brotó casi espontáneamente esta hermosa plegaria de alabanza y gratitud por el Dios que estaba haciendo cosas tan maravillosas.

Al principio de su cántico, María proclama su amor a Dios diciendo "Mi alma alaba la grandeza del Señor" (Lucas 1,46), para expresar luego un principio espiritual fundamental que la Escritura presenta una y otra vez: que Dios escoge a los sencillos y los humildes antes que, a los orgullosos, aun cuando éstos suelen tener más educación y estar más calificados en diversas cosas. La Virgen vio que Dios atiende al necesitado y que comunica su fortaleza a quienes se reconocen débiles y su gracia a los que saben que no pueden subsistir sin ella. Por contraste, deja con las manos vacías a quienes consideran que no necesitan a Dios ni nada de Él (Lucas 1,52-53).

Isabel había anunciado que María era "bendita entre todas las mujeres," pero el ángel Gabriel ya la había saludado como "llena de gracias," reconociendo así que el Señor estaba con ella de una manera especial (Lucas 1,28). Del mismo modo como la lluvia cae del cielo y llena los ríos y arroyos, así también la gracia de Dios se derramó del cielo y llenó a María por completo. La gracia divina la perfeccionó y por eso ella pudo ser la "esclava" del Señor e incluso su madre su madre ??" de una manera perfecta.

Un cántico del corazón
Entonces, ¿Qué es lo que nos enseña el Magnificat? Nos ensaña que María quiso honrar a Dios con todo su ser; que estaba consciente de las grandes cosas que Dios ya había hecho en su pueblo, y que ella estaba dispuesta a hacer todo lo que Dios le pidiera.

Cada uno de nosotros, al igual que la Virgen María, tiene su propio cántico que entonar ante el Señor, un cántico que es nuestra respuesta a la obra de gracia que el Señor hace en nosotros. En el caso de María, su cántico vino a ser la esencia de su propia vida, un cántico que guiaba su conducta. Ella no se dejó influenciar por las diversas circunstancias que enfrentaba, por la posibilidad de un divorcio, ni por la ira asesina de Herodes y ni siquiera por la agonía de ver a su Hijo que era torturado hasta la muerte.

Esto no quiere decir que no le afectaran las cosas que le sucedían, sino que deseaba que sus decisiones en tales circunstancias fueran las que el Espíritu le indicara. Por eso, el cántico que entonemos para el Señor puede ser tan profundo y fructífero como el de María si aprendemos a decirle a Jesús algo como lo siguiente: "Señor, necesito Tu gracia porque quiero hacer Tu voluntad en todas las ocasiones de mi vida, tanto las de gozo y alegría como las de pesar y aflicción."


Magnificat
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Amén.

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